Compartir sede y comité organizador entre los Juegos Panamericanos y los Parapanamericanos no es una novedad de 2027: el modelo nació hace casi dos décadas. Lo que sí cambia esta vez es el contexto institucional en el que el AmPC llega a Lima.
Cada cuatro años, cuando se acerca una nueva edición de los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos, circula la misma idea equivocada: que compartir ciudad sede y comité organizador es un invento reciente, una especie de gesto de buena voluntad hacia el Para deporte que se estrenaría en Lima 2027.
No es así. Ese modelo tiene raíces bien documentadas y arrancó veinte años atrás, en Río de Janeiro. Entender esa historia es la única forma de entender qué es, en rigor, lo nuevo que trae Lima 2027.
Para llegar a ese punto hay que retroceder mucho más, hasta 1967, cuando en Winnipeg, Canadá, se disputó el evento que dio origen a todo: los «Juegos Panamericanos para Parapléjicos».
En aquella ocasión, no existía todavía una estructura continental que organizara el evento de forma sistemática, y durante casi tres décadas los Juegos se celebraron de manera irregular, saltando de ciudad en ciudad según quién estuviera dispuesto a asumir la organización: Buenos Aires en 1969, Kingston en 1971, Lima en 1973 —la capital peruana ya había sido sede hace más de cincuenta años—, Ciudad de México en 1975, Río de Janeiro en 1978, Halifax en 1982, Aguadilla en 1986, Caracas en 1990 y de nuevo Buenos Aires en 1995.
Nueve ediciones sin un formato estable, sostenidas más por el impulso de dirigentes y federaciones locales que por una estructura continental consolidada.
El quiebre llegó en 1999. Ese año, por primera vez, el Comité Paralímpico de las Américas organizó el evento de forma oficial, con el respaldo del Comité Paralímpico Internacional (IPC). Nacieron así los «I Juegos Parapanamericanos» propiamente dichos, disputados en Ciudad de México con más de 1.000 Para atletas de 21 países compitiendo en cuatro deportes: Para atletismo, Baloncesto en silla de ruedas, Para natación y Para tenis de mesa.
La cita sirvió, además, como clasificatoria para los Juegos Paralímpicos de Sídney 2000, y desde entonces quedó establecido un patrón que se mantiene hasta hoy: los Juegos Parapanamericanos se disputan inmediatamente después de los Juegos Panamericanos.
El modelo integrado nació en Río 2007
Esa cercanía en el calendario fue el primer paso. El segundo, y el que realmente cambió la lógica organizativa del Movimiento Parapanamericano, llegó en 2007.
En Río de Janeiro, bajo el lema «La Unión», los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos compartieron por primera vez ciudad sede y comité organizador. Ya no se trataba de dos eventos consecutivos gestionados por estructuras separadas, sino de un mismo aparato logístico —instalaciones, personal, cronograma de montaje y desmontaje— trabajando para ambas competencias.
El modelo funcionó y se repitió: Guadalajara 2011, Toronto 2015 y Lima 2019 se organizaron todas bajo ese mismo esquema integrado, cada una consolidando prácticas que la anterior había ensayado.
Santiago 2023 continuó esa línea, con una particularidad: fue la última edición celebrada bajo el paraguas institucional del IPC. En ese mismo ciclo, el AmPC alcanzó su independencia administrativa respecto del organismo internacional, un proceso que marca un antes y un después en la gobernanza del Para deporte continental. No es un dato menor ni protocolar: significa que, de cara a Lima 2027, el AmPC define su propio rumbo estratégico, administrativo y de identidad sin depender de una instancia superior con sede fuera de la región.
Ahí está la clave para entender qué hace distinta a la próxima edición. Lima 2027 será, en términos logísticos, una continuación directa del modelo inaugurado en Río 2007: un mismo Comité Organizador Local trabajando para Juegos Panamericanos y Parapanamericanos bajo un cronograma compartido.
Eso no es noticia nueva. Lo que sí lo es —y lo que define a esta edición como un punto de inflexión— es que se trata de la primera vez que ese modelo integrado se ejecuta con el AmPC operando ya de forma plenamente autónoma del IPC. La estructura es la misma que hace veinte años; el organismo que la habita en representación del Para deporte de las Américas ya no es el mismo.
Las proyecciones internas que maneja el AmPC hablan de una cita histórica en volumen de participación: alrededor de 2.200 Para atletas de 34 países, una cifra que actualiza —y supera— la proyección de «más de 1.500» que circuló en comunicaciones previas del comité. Vale la aclaración: se trata de una proyección vigente, sujeta a los procesos de clasificación en curso, no de un número cerrado ni definitivo.
Una marca nueva para una etapa nueva
La independencia institucional no llegó sola. En paralelo, el AmPC impulsa la evolución de su propia identidad de marca bajo el nombre Americas Para Sports (APS), presentada como el paso natural siguiente en la historia del organismo.
La transición no reemplaza la misión del AmPC ni su rol como autoridad continental del Para deporte: la actualiza, la moderniza y le da un marco de comunicación coherente con la etapa de autonomía que atraviesa. El lema que acompaña este momento: “Power to Inspire”, resume la intención: poner el rendimiento deportivo, y no la conmiseración, en el centro del relato.
Es un matiz importante para cualquiera que cubra o siga Lima 2027: el eje de esta historia no es que dos comités «compartan cancha» por primera vez, algo que sucede desde hace dos décadas con normalidad operativa.
El eje es que la organización que representa al Para deporte de las Américas llega a esta cita como una entidad independiente, con marca propia y una proyección de participación que, de confirmarse, sería la más grande de la historia de los Juegos Parapanamericanos.
La infraestructura compartida es una herencia de 2007. La autonomía institucional y la nueva identidad son, esas sí, el capítulo que se escribe en 2027.
